EL TÍMIDO
Rosa OleaAcababan de otorgarle un premio de cierta importancia, al menos de cierta relevancia a nivel local. Y no es que no se sintiera orgulloso, al contrario, hubiera dado cualquier cosa porque su madre viviera para ver a su hijo homenajeado por la gente de toda la vida. Aún le parece oír las regañinas maternas cuando, encerrado en su cuarto, se pasaba días enteros sin ver ni hablar con nadie.
“Se te van a quemar los ojos”, le decía ella, mientras abría la puerta de la habitación y lo encontraba enfrascado en sus quehaceres bajo la perenne luz del flexo. – “Bonita manera de malgastar la juventud”, refunfuñaba la vieja una y otra vez con la cantinela de siempre. Sin embargo, ahora estaba a punto de recoger los frutos de tantas horas de trabajo y soledad, pero algo incómodo le corría por dentro; una sensación difícil de explicar, algo parecido a escalofríos o sudores imaginarios.
Desde luego se merecía aquel premio con el que soñaba desde su primera adolescencia y que ahora estaba a punto de caer en sus manos. Tan sólo faltaba la ceremonia oficial de la entrega en el salón de actos del ayuntamiento, y eso precisamente lo traía por la calle de la amargura. Cada vez que pensaba en ese momento y en preparar el discurso de agradecimiento al jurado, temblaba. Largas noches de insomnio a la búsqueda de las palabras oportunas para la ocasión, que se le resistían como liebres huidizas en el matorral.
Por fin llegó el día. Con su mejor traje y una recién estrenada corbata, se estremeció al oír su nombre por los micrófonos. Un fuerte aplauso invadió la sala y no le quedó más remedio que subir al estrado. Bajo la luz cegadora de los focos sintió la presión de la corbata en su garganta y pensó en los condenados a la horca, con la soga ajustada al cuello. Había que decir algo sin remedio, así que carraspeó y pronunció estas palabras:
-“Me siento muy honrado y… honrado me siento” mientras las piernas se le doblaban y se dejaba caer en la butaca preparada a tal efecto.





