mayo 14th, 2012 | Comentarios »

EL TÍMIDO
Rosa Olea

Acababan de otorgarle un premio de cierta importancia, al menos de cierta relevancia a nivel local. Y no es que no se sintiera orgulloso, al contrario, hubiera dado cualquier cosa porque su madre viviera para ver a su hijo homenajeado por la gente de toda la vida. Aún le parece oír las regañinas maternas cuando, encerrado en su cuarto, se pasaba días enteros sin ver ni hablar con nadie.

“Se te van a quemar los ojos”, le decía ella, mientras abría la puerta de la habitación y lo encontraba enfrascado en sus quehaceres bajo la perenne luz del flexo. – “Bonita manera de malgastar la juventud”, refunfuñaba la vieja una y otra vez con la cantinela de siempre. Sin embargo, ahora estaba a punto de recoger los frutos de tantas horas de trabajo y soledad, pero algo incómodo le corría por dentro; una sensación difícil de explicar, algo parecido a escalofríos o sudores imaginarios.

Desde luego se merecía aquel premio con el que soñaba desde su primera adolescencia y que ahora estaba a punto de caer en sus manos. Tan sólo faltaba la ceremonia oficial de la entrega en el salón de actos del ayuntamiento, y eso precisamente lo traía por la calle de la amargura. Cada vez que pensaba en ese momento y en preparar el discurso de agradecimiento al jurado, temblaba. Largas noches de insomnio a la búsqueda de las palabras oportunas para la ocasión, que se le resistían como liebres huidizas en el matorral.

Por fin llegó el día. Con su mejor traje y una recién estrenada corbata, se estremeció al oír su nombre por los micrófonos. Un fuerte aplauso invadió la sala y no le quedó más remedio que subir al estrado. Bajo la luz cegadora de los focos sintió la presión de la corbata en su garganta y pensó en los condenados a la horca, con la soga ajustada al cuello. Había que decir algo sin remedio, así que carraspeó y pronunció estas palabras:

-“Me siento muy honrado y… honrado me siento” mientras las piernas se le doblaban y se dejaba caer en la butaca preparada a tal efecto.

mayo 14th, 2012 | Comentarios »

ANATOMÍA FAMILIAR
Enrique García Pozo

Mamá siempre tuvo la extraña manía de pasar las horas en el cuarto de baño. Ella, en el más crudo y estruendoso silencio, limpia una y otra vez las paredes del váter –líquido azul y esponja en mano- hasta que le pican los ojos y los nudillos. A veces utiliza un cepillo de dientes y otras, su propia cabellera. Yo le digo que aún queda la cocina, el olor del café derramado en los manteles, que el domingo hace seis años que hice mi primera comunión. Pero mamá nunca contesta y se dispone, autómata, a seguir con su ritual. Debemos quitar todas las manchas, hacerlas desaparecer, no dejar pruebas, susurra y, sus manos, cicatrizadas, adoptan el color turbio del agua. A veces encuentro restos de ella en cualquier parte de la casa: las uñas en el recibidor, pestañas en los pomos, incluso su sangre coagulada saliendo por las cañerías. Pero papá siempre ha entendido sus manías como algo natural, y se conforma con mirar a principios de mes su retrato sonriente en el recibidor. Un día, mamá se clavó el cepillo en la garganta y comenzó a desangrarse. Mi padre, con las manos en los bolsillos, me dijo que habría que comprar más detergente para una mancha tan grande, que habría que limpiar todo esto, que las vecinas no supieran que merendamos cacahuetes o que no tenemos fotos encima del piano, que habría que comprar en el supermercado algún líquido azul para limpiar una mancha tan grande.

mayo 14th, 2012 | Comentarios »

RFLEJOS ROTOS
María Afanador Rodríguez

Una suave brisa se cuela por los barrotes de la ventana de mi habitación. Se oye el ruido de la cafetera, y me parece percibir un ligero aroma a café y pan tostado, que se mezcla con el olor a suavizante de las finas sábanas que cubren mi cuerpo y se retuercen entre mis piernas. Mi cuerpo y mis piernas: el motivo por el que no puedo dormir por las noches, mi peor pesadilla.

Me deshago de las mantas y me visto con el pantalón del pijama, corto, color turquesa. Me recojo el pelo y me lavo la cara con agua fresca. Aún quedan restos del maquillaje de la fiesta de anoche. El alcohol me ayudó a olvidarme de mi misma, pero hoy el dolor de cabeza es insoportable. Con los pies descalzos bajo las escaleras, dispuesta a desayunar. Pero mi peor enemigo, el espejo, topa en mi camino. Me quedo mirándome un rato, y cabizbaja, vuelvo sobre mis pasos y me meto en la cama. Derramo una lágrima. Se cuela en mi boca y noto el sabor a agua de mar.

Tengo hambre. Es absolutamente necesario que hoy coma algo. Vuelvo a levantarme, me seco las lágrimas y bajo las escaleras. Le pido a mamá una tostada con mantequilla y la devoro en un santiamén. El placer de comer me puede, así que pido que me prepare otra. Y otra más.

Un terrible sentimiento de culpa me reconcome. “Me voy a la ducha”. Pongo la música al máximo. Suena mi canción favorita, tan alto que apenas puedo oír mis propios pensamientos… Rompo de nuevo a llorar y me arrodillo en el suelo, dispuesta a empezar con la tortura. Me seco las lagrimas y respiro profundamente. Toco la campanilla con los dedos. Se me escapan dos lágrimas. Duele. Sé que no podré salir de ahí.

mayo 14th, 2012 | Comentarios »

EL VIAJERO
Cristina Luis Moreno

Por fin se encontraba solo, en la cima de aquella montaña, reflexionando. Mientras tanto, las nubes se batían a sus pies como si de olas se tratase, lo que provocaba, junto con las grandes montañas, un sentimiento de inferioridad difícil de describir aumentado por la percepción del tamaño al que se habían reducido aquellos grandes árboles que ahora no parecían más que sombras.

Poco a poco comenzaba a oscurecer, lo que sin duda haría que se sintiera cada vez más perturbado. Sin embargo, seguía allí, impasible, ocultándonos su rostro como si con ello consiguiera hacernos partícipes de su ánimo. Y lo logró.

Definitivamente aquel era un gran cuadro.

mayo 14th, 2012 | Comentarios »

Y FUE
Raquel Romero Martos

Me miras, te miro. Te miro, tu giras el rostro. Ríes y yo sonrío, estás feliz. Te miro, no sé si lo sabes. Ríes y yo no estoy contigo. Nos separa un velo, inexistente, creado por mí. O tal vez por ti… Te miro y las horas pasan. Te miro y tú no me miras. Hace mucho que ya no me miras. Oigo tu risa, se convierte en la mía. Te miro y tú ya no me miras.

Te siento lejos, estamos a dos pasos de distancia. Te miro y tú no me ves. Hablo y tu no me oyes, hablas y te siento. Tu mirada se pierde en el cielo, la busco y no la encuentro. Me miras y sabes que te miro. Te miro y apartas la vista con hastío. Te miro y tú ya no me miras.

No te busco y te encuentro. Te busco y no apareces. Miras, pero no me miras; miras, pero no a mí; miras, sé que miras, pero no a mí. No me miras, pero yo sí te miro; no me miras y quisiera decir que yo tampoco te miro.

Te miro, pero tú ya no me miras…

Es eso, “ya”. Tú mirabas, yo miraba. Tú me mirabas y yo te miraba. Antes no es ya. Tú me mirabas y yo te miraba. Te miro y tú me miras, nos vemos. Te veo y ya no estás ahí; te miro y no veo nada. Evitas mis ojos.

Ya no nos miramos. Ahora te miro, pero tú ya no me miras.

abril 15th, 2012 | Comentarios »

Hace algún tiempo escribí un microcuento sobre el Titanic. Aprovechando que se cumplen cien años del hundimiento del trasatlántico me apetece recuperarlo. Espero que os guste.

La orquesta del Titanic 

Sin duda, algo extraño sucede en la posición 41.44 Norte y 50.24 Oeste, el lugar exacto donde colisionó el Titanic. Las tempestades se serenan en ese punto, imponiéndose una fúnebre tranquilidad. Hay quienes han visto flotar sobre las olas figuras humanas de mirada lánguida que desaparecen al acercarse y quienes hablan de un frío sobrenatural que atenaza los músculos y el alma. Yo sólo sé que allí, justo en ese lugar, he oído música, una versión un tanto especial de “Nearer, my God, to Thee“, y que el violinista desafinaba como un condenado.

 

marzo 15th, 2012 | Comentarios »

Esta mañana, el grupo de teatro del Instituto presentó el montaje de este año. Espero y deseo que podáis verlo y disfrutarlo; pero, mientras tanto, aquí os dejo un brevísimo y urgente montaje de fotos para ir abriendo boca.

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marzo 15th, 2012 | Comentarios »

Por Clara de la Torre

Conocí a una chica…
de piel morena
y sonrisa sincera,
ojos luminosos,
postura erguida
y faz serena.
Me habló de su vida
y de sus sueños,
que era guerrera,
que no tenía dueño.
Entre libros, reímos,
y luego comprendí:
ella provino de un cuento,
su patria es otro mundo,
y su voz, el ejemplo.
Narradora de su propia historia,
apareció desnudando el misterio:
que la vida es una novela
que se escribe con el tiempo.
Un lema: lucha, rebeldía y verdad.
Un nombre: Libertad.

febrero 24th, 2012 | Comentarios »

Esta semana toca ser mujer y hablar del amor desde otro punto de vista. Por eso he rebuscado entre mis libros hasta encontrar los versos de la nicaragüense Gioconda Belli. Canela fina, que diría el castizo. En esencia, en los poemas de Gioconda podremos encontrar lo mismo que en todos aquellos autores que se acercan al amor como un deseo de experiencia plena; pero también nos asaltará la voz de quien se siente orgullosa de su condición femenina sin más, y se acepta y se quiere.

Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos, nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

Hallaremos entre sus palabras la claridad de quien sabe que no le vale cualquier cosa ni cualquier hombre de esos que caminan por la tierra pisando fuerte. Gioconda Belli tiene claro que para amar y ser amado son necesarias unas reglas, que la relación entre hombres y mujeres no es una simple “batalla de sexos”, sino un juego; y como tal deben exigirse unos mínimos para poder participar.

Reglas de juego para los hombres que quieran amar a mujeres mujeres

I

El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer lo que anida en mí,
la golondrina transparente de la ternura.

II

El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
conque yo estaré al lado suyo.

III

El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.

IV

El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo,
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.

V

El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca donde descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones,
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.

VI

El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.

VII

Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario.

VIII

El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.

IX

El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento
en una plaza llena de multitudes.
Podrá gritar -te quiero-
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.

X

El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas,
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado,
las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron separados
como seres de distinta estatura.

XI

El amor de mi hombre
no querrá rotularme y etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.

Si no se respetan estas reglas, es posible que las “mujeres mujeres” decidan no amar a los “hombres a secas”, esos que piensan que la humanidad les debe algo por el simple hecho de venir de fábrica marcados “por varón en la ingle con un fruto”. En el mejor de los casos, estos “hombres a secas” debieran estar condenados a escuchar una y otra vez la emblemática canción de Luz Casal.

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febrero 13th, 2012 | Comentarios »

Oye, es lo que tiene el frío y la niebla en las mañanas de invierno, que el cuerpo se rinde y la nostalgia se crece. Por eso, esta semana los poemas que he seleccionado hablan de lo que se fue, del tiempo que se fue y, sobre todo, del recuerdo selectivo de lo que un día fue.

Es seguro que la infancia y la adolescencia no son las edades más felices del hombre; pero es indudable que, pasados los años, como por arte de magia, el recuerdo selecciona unos hechos y sepulta otros en lo más profundo de la memoria. ¿Consecuencia? Los paraísos perdidos, la añoranza de un mundo que, quizás, nunca existió realmente y, sin embargo, en el presente nos resulta más auténtico que la verdad misma. Empecemos por el principio, por la infancia, claro, y Juan Ramón Jiménez, por supuesto.

Cuando yo era el niñodios, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, ligeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodios y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodios huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodios en mi Moguer, este pueblo!

La adolescencia es otro de los momentos capitales de la existencia. Época de cambios, paso de la pureza infantil a una impureza que es necesario aceptar, comprender y, también, dominar. Luis Cernuda quiere referirse a ese cambio de mentalidad en el siguiente poema.

Yo fui.
Columna ardiente, luna de primavera.
Mar dorado, ojos grandes.

Busqué lo que pensaba;
pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
lo que pinta el deseo en días adolescentes.
Canté, subí,
fui luz un día
arrastrado en la llama.

Como un golpe de viento
que deshace la sombra,
caí en lo negro,
en el mundo insaciable.

He sido.

Y si de descubrimientos se trata, la juventud es la edad en que el ser humano encuentra el cuerpo del otro. Todo deja de tener sentido si no viene teñido de amor o deseo. Luis Alberto de Cuenca lo expone a la perfección en su poema “In illo tempore”.

Tus padres se habían ido a no sé dónde
y la casa quedó para nosotros,
lo mismo que el convento abandonado
del poema de Jaime Gil de Biedma.
Con la música a tope, preparaste
una mezcla explosiva en una jarra
mientras yo te quitaba, dulcemente,
la ropa de cintura para arriba.
Llenaste las dos copas hasta el borde.
Bebimos. Nos entró la risa tonta,
y se nos puso un brillo en la mirada
que subrayaba nuestra juventud,
y nos besamos como en las películas,
y nos quisimos como en las canciones

Cuando la realidad era el deseo
y nuestro reino no era de este mundo.

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